Quela, la amiga de «Carlitos» Murias

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9 de Septiembre de 2019. Comunicación Madre Catalina, Instituto Hnas. Esclavas del Corazón de Jesús.

Raquel Cebrero de Amaya. Amiga desde la infancia del beato Carlos Murias. La santa de la puerta de al lado. 

A Raquel le llaman Quela, es docente jubilada, y siempre se dedicó a ayudar a todos desde su tarea en la Parroquia. La conocí con ocasión de una misión con Radio María a San Carlos Minas, el pueblo natal del Beato mártir Carlos de Dios Murias. En la Parroquia del lugar, Inmaculada Concepción de María antes de entrar al seminario, acudía a misa y celebró su segunda misa, allí mismo en un altar lateral, está su imagen. Le pedí simplemente a Quela, que me contara sobre su amigo que tenía su misma edad. Éste es su relato, entre orgullosa y emocionada:

“Le decían Carlitos a secas para diferenciarlo de su padre Carlos quien era dueño de la estancia El palo azul situada en las afueras del pueblo. Allí compartía juegos de niños y de adolescentes junto a sus hermanas y otros más del pueblo. La gran fiesta de la estancia era la yerra, que se extendía a todo el pueblo, en donde Carlitos sin ser travieso hacía sus picardías y desde chico le gustaba bailar folklore.

De adolescente y joven venía a caballo a la casa de mi abuela, que hacía comidas para vender y desde la puerta de gritaba ¡Josefina! ¿hay empanadas? Se las llevaba en las alforjas del apero y siempre se iba comiendo una salada, que eran las que más le gustaban. Después pasaba por el almacén de ramos generales Luna, (ver foto), que aún hoy existe, y se llevaba lo que necesitaban en la estancia para comer. Iba al galope, era muy de a caballo ¡no sé cómo llegarían esas empanadas!.

Era alegre, tenía una mirada muy especial, profunda, pura, era muy bueno, disfrutaba de tocar la guitarra y se unía a los guitarreros del pueblo. Cuando se fue al seminario dejé de frecuentarlo. Ya ordenado sacerdote, celebró su primera misa en Buenos Aires y su segunda misa aquí, en la Parroquia (foto) y ahí también fue una gran fiesta para el pueblo y él estaba feliz. Uno de los concelebrantes fue monseñor Angelelli. En casa, mi abuela conservaba la invitación que su papá había hecho para esta misa, en la que invitó a todas las familias del pueblo.

Cuando supe que lo habían matado sentí un dolor tremendo y yo hasta el día en que lo declararon mártir en La Rioja, recién reaccioné que Carlitos había muerto. Nunca quise ir a Chamical, al lugar donde lo encontraron muerto porque a mí me parecía que eso no le podía haber pasado a él y ahí Dios me dio la luz para convencerme que Carlitos era un santo para nosotros, sobre todo para el pueblo de San Carlos. Un compañero de seminario me dijo que él era orgulloso de ser de aquí, siempre repetía ¡yo soy cordobés de San Carlos Minas!.

La segunda Misa que celebró en nuestro pueblo fue para el funeral de su papá y fue la última. Todavía hay gente que dice que recuerda esa misa y que llora porque fue como que él se despedía de su papá pero también se despedía del pueblo.”

Yo caminé unas cuadras por el pueblo, pueblo santo y me despedí dando gracias a Dios por este cura bueno que nos regaló y Quela sonreía feliz de recordar a su amigo Beato.

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